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Por Guillermo Perry y Axel van Trotsenburg
El crecimiento
de los países latinoamericanos en las últimas décadas ha sido
decepcionante. Mientras que China experimentó, entre 1981 y 2000, un
crecimiento promedio per cápita de 8,5 por ciento anual, el Producto
Bruto Interno por habitante de América latina disminuyó 0,7 por
ciento por año en la década de los 80 y apenas subió 1,5 por ciento
en los años 90. Además, la región continúa siendo una de las más
desiguales del mundo. No sorprende, entonces, que mientras China
logró reducir la pobreza un 42 por ciento en esas dos décadas, en
América latina haya habido pocos cambios significativos en los
niveles de pobreza.
Y es que si bien el crecimiento es clave para la reducción de la
pobreza, la propia pobreza hace más difícil alcanzar tasas de
crecimiento altas y sostenidas.
Así lo demuestra el nuevo estudio del Banco Mundial Reducción de la
pobreza y crecimiento: Círculos virtuosos y círculos viciosos .
Entre otras cosas, el informe estima que si el nivel de pobreza
disminuye en 10 por ciento, el crecimiento económico puede aumentar
en 1 por ciento y la inversión hasta en 5 por ciento del PBI. En
otras palabras, reducir la pobreza constituye un buen negocio para
toda la sociedad.
Esto se debe a varios factores. Como los pobres carecen de acceso a
créditos y seguros, una buena parte de la población no puede
efectuar inversiones potencialmente rentables para la economía
nacional. Asimismo, resulta difícil atraer inversiones en las
regiones con escasa infraestructura y bajos niveles de educación.
Los hogares pobres, enfrentados a escuelas de menor calidad y
restricciones de liquidez, no invierten lo suficiente en la
educación de sus hijos y la sociedad se priva así de la contribución
potencial de un gran número de talentos. Individuos con mala
nutrición y salud aprenden y producen menos que aquellos con acceso
a servicios de salud de calidad. En síntesis, en países con alta
pobreza la sociedad como un todo se priva del concurso productivo de
muchos de sus miembros.
En consecuencia, la estrategia más eficiente para crecer y reducir
la pobreza en la mayoría de los países latinoamericanos consistiría
en una combinación de políticas que busquen la aceleración del
crecimiento económico con programas orientados directamente a
reducir la pobreza y la desigualdad. En particular, hay cuatro
metas:
1) Lograr la cobertura plena de la educación preescolar, primaria y
secundaria y los seguros básicos de salud a toda la población, al
tiempo que se mejora la calidad de la escuela y los hospitales
públicos.
América latina está perdiendo oportunidades de competencia y
crecimiento por la baja calidad de la educación que recibe la
mayoría de sus niños y jóvenes.
2) Ampliar la cobertura de servicios públicos a los sectores y
regiones más pobres (agua potable y saneamiento; vías, electricidad
y telecomunicaciones rurales).
3) Profundizar el acceso de la microempresa y los sectores más
pobres al sistema financiero.
4) Facilitar la creación, el crecimiento y la generación de empleo
por parte de las empresas más dinámicas (grandes y pequeñas).
Las primeras dos metas exigen hacer más eficiente el gasto público
destinado a estos propósitos y dedicarles más recursos, así como
ayudar a las familias pobres a mantener a sus hijos en la escuela
con transferencias de efectivo focalizadas y condicionadas.
Cualquier aumento de recursos en estas áreas debe compensarse con la
reducción de subsidios públicos exageradamente altos e inequitativos
en que incurren la mayoría de los países de la región (por ejemplo,
al consumo de energía, a las pensiones y a la educación terciaria.
En este último caso, dado la alta rentabilidad privada de la
educación universitaria, no se requiere de grandes subsidios
públicos como hoy ocurre, sino de crédito educativo).
Por otra parte, en algunos países con niveles muy bajos de
tributación se requiere también aumentar el recaudo efectivo de
impuestos, reduciendo exenciones y cerrando oportunidades de
evasión. De no proceder así, se incurriría en desequilibrios
fiscales cuyas consecuencias (en materia de inflación o crisis
macroeconómicas) acabarían perjudicando más al crecimiento económico
y en particular a los pobres.
Las dos últimas estrategias, a su vez, exigen ante todo mejoras
legales y reglamentarias que faciliten la prestación de los
servicios financieros y reduzcan los costos innecesarios para las
empresas.
Sólo así, promoviendo el crecimiento y al mismo tiempo atacando la
pobreza decididamente y en varios frentes, podremos trasladarnos de
un círculo vicioso a uno virtuoso en el que un mayor crecimiento
económico nos beneficie a todos
Los autores son, respectivamente, Economista Jefe del Banco Mundial
para América latina y el Caribe y Director del Banco Mundial para
Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay
Fuente: Diario LA NACIÓN - Argentina
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